¡Ea!, ya parece que tocaba y qué menos
que se les merecieran también a ellos unas pocas líneas ¿no? Pues, tras ese
primer modismo coloquial, pongámonos a ello, pero, no arrancando con una simple
definición, sino partiendo -...las líneas- de la controversia que más se gusta de
usar y de manir en los trabajos que sobre la condición de mujer trabajadora de
la cigarrera pretende ser tema estelar y protagonista.
Para ello, en su mayoría, acaban acudiendo a la tan sufrida y dicharachera Wikipedia, que siempre nos dará una respuesta para todo, aunque pueda que ésta no esté fielmente amparada con fuentes o con textos de investigación. Señalados el foco y el origen, de la condición de “Cigarrera”, en la internauta enciclopedia se nos dice:
“Una cigarrera (o un
cigarrero) es una persona que hace cigarrillos o cigarros. La cigarrera es la trabajadora
principal en una fábrica de tabacos. Con este nombre también se conoce
un mueblecito o a una caja en que se guardan y se tienen a la vista los
cigarros puros”
Y sobre lo que aporta en el apartado de
la “Historia de las cigarreras de España”, nos añade y deja recogido:
“Hasta finales del siglo XIX,
existían en España distintas fábricas de tabacos en las
ciudades de Sevilla, Cádiz, Alicante y más tarde, Madrid y otras. La primera que funcionó fue
la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla, fundada como empresa privada en
1620 y administrada directamente por la hacienda pública desde 1684. Al
principio los trabajadores eran hombres y mujeres. A los hombres se les llamaba
cigarreros y a las mujeres, elaborantes.
En el año 1731, los cigarreros de
Sevilla mandaron una queja al rey, un memorial en que se decía que no estaban
de acuerdo con su sueldo, que era bastante menor que el sueldo recibido por las
elaborantes (mujeres cigarreras) de Cádiz, siendo ellos hombres y con
muchas más obligaciones que las mujeres. Recibieron una contestación en que se
decía que se les pagaba exactamente igual por mazo de cigarros, pero que las elaborantes
de Cádiz «son más cuidadosas, trabajan con más pulcritud y menos desperdicios y
su labor cunde más. Así obtienen más dinero por el mismo tiempo de trabajo».
El trabajo de las mujeres cigarreras
fue muy apreciado y solicitado. Ellas mismas conseguían que la ampliación de
personal fuese siempre de mujeres. Cuando más tarde aparece la elaboración del cigarrillo, las cigarreras son profesionales
tan diestras que tan sólo ellas serán capaces de preparar esta modalidad. Se
hacen indispensables en las fábricas y crean una imagen especial de la mujer
cigarrera”.
Sobre la definición de lo que es y lo
que hace una cigarrera o un cigarrero, no creo que haya dudas que se tengan que
despejar: son los empleados en la fabricación de los productos de la industria
tabaquera, ya lo fuera antaño y de forma manual, o en los actuales procesos
industrializados. Para anécdota aparte queda el que para los hombres, para los
cigarreros, con el uso popular de señalar a la Real Renta del Tabaco como “la
tabacalera” ...nombre que se institucionalizó en el año 1945 al renombrarse empresarialmente
como TABACALERA S.A., se hizo mucho más habitual el que se les llamara
“tabacaleros”.
Punto controvertido en cambio es el de la superioridad en la presencia de las unas y de los otros en las fábricas. Si se devuelve la lectura hacia los contenidos señalados de la Wikipedia se puede comprobar que el asunto lo litigian sin complejo alguno escribiendo... «Al principio los trabajadores eran hombres y mujeres». “Dixit Manet”, dicho queda y todos más largos que anchos se quedan. Tanto así los que lo escribieron, como los que después lo copian sin análisis alguno.
La realidad de la porcentualidad de esa presencia se regiría siempre por dos aspectos fundamentales para los intereses de la industria tabaquera: el de adaptar sus labores a las modas sociales imperantes en el consumo y ...cómo no, el de obtener el máximo del rendimiento económico en los beneficios. Lo primero ha de entenderse como el que en cada época el tabaco se consumió de formas muy diferentes, adecuándose los procesos de fabricación a tal efecto.
Tampoco sería el tabaco de masticar
el que se diera masivamente en estos lares y sí, por contra, el tabaco esnifado
en polvo. El rapé, desde la primera industria del tabaco en el siglo XVI, tuvo
gran demanda en su consumo. Paradójicamente a los momentos actuales en que se
le persigue sanitariamente y se le penaliza fiscalmente, en el tabaco y en
aquel inicio se pretendieron encontrar incontables usos medicinales y curativos:
como antiséptico y cicatrizante, como analgésico para el dolor de muelas y
oído, se prescribía para aliviar el asma y corregir el mal aliento, combatía
desmayos, mareos y dolores de cabeza y también se le pretendieron cualidades
vigorizantes y estimulantes.
Con esas creencias terapéuticas tan en boga, una vez extendido y arraigado el consumo del tabaco, los grandes intereses económicos y comerciales de la industria tabaquera se aseguraban una muy larga vida productiva. Las primeras tabaqueras son privadas y minoritariamente manufacturan el tabaco bajo licencias gubernativas y el preceptivo pago de aranceles. De ellas no hay datos concretos que ayuden a saber extensamente de sus procesos y de sus trabajadores. Se las sobrentiende en los usos y técnicas de la época.
En la primera fábrica española formal ...que incluso también lo fuera europea, la de Sevilla, por todas las operaciones que conllevaba el procesamiento de la hoja del tabaco hasta alcanzar el que fuera el mejor y de más sutil calidad rapé de Europa, en los trabajos de azotea/avellanado, monte/molienda, moja, oreo y repaso se necesitaba del uso de la fuerza y de la ayuda de caballerizas: por eso, en origen, la presencia más protagonista y mayoritaria es la del cigarrero. De haber mujeres trabajando entonces, serían las menos.
Serán las necesidades del mercado las
que transcurrido casi siglo y medio después, promoverán el cambio de la
situación laboral en la industria tabaquera. Los usos y modales sociales
provenientes del Caribe se aceptan y se extienden en Europa y el consumo del
tabaco de fuma desborda la capacidad productiva de “la tabacalera” patria.
Cádiz será la segunda fábrica que la Real Renta del Tabaco construya en 1741 para
satisfacer esa demanda, ahora inclinada hacia el cigarro y algo más tarde, hacia
el cigarrillo. Sería con esta fábrica con la que las mujeres ganaron presencia
y protagonismo. Alicante, en 1801, será la tercera fábrica en ser puesta en
marcha. En nuestro caso, nuestras cigarreras eran llamadas “fabricantas”.
Y así entran en escena y con muchísima fuerza y presencia las mujeres elaborantes/elaborantas. La mano de obra necesitada se multiplica exponencialmente y en la población femenina se encuentra una fuerza laboral muy numerosa y disponible, mucho más barata en costes laborales y presumiblemente, más dúctil y maleable. Como ya he reseñado en ocasiones anteriores, en las dos primeras premisas acertaron los gestores de la industria del tabaco, pero, en la tercera, erraron de pleno.
Llevamos mediado el siglo XVIII, se está entrando en el XIX y con él llega la preferencia y proliferación de la presencia de la mujer cigarrera: se nos da la necesidad de cubrir una mayor demanda social en el consumo, tenemos una inmensa masa obrera a la que podemos pagar menores salarios y sus manos y maneras son más sensibles y diestras en el manejo de la hoja del tabaco... y he dicho hoja, porque la Renta del Tabaco observa que manipulan mejor la materia prima y se aprovecha mejor la cantidad entregada con relación a mayor número de cigarros o cigarrillos obtenidos ¡Blanco y en botella! ...abramos las puertas de las fábricas a las elaborantas y especialicemos a los cigarreros sólo en las tareas de fuerza. En la fábrica de Sevilla, por contra, la mayor presencia masculina se daría hasta 1812. A partir de 1829, la Renta del Tabaco, rutinariamente se decantará por la mujer como su principal operario.
Avanzamos tras tocar el asunto de la
proporcionalidad de la presencia y entonces, nuestros
investigadores/investigadoras, llegan al segundo párrafo de la consulta
internauta sobre el concepto “cigarrera” y... ¡voilá!, dándose por enterados de
la reclamación que en 1731 elevaron al rey los cigarreros de Sevilla mostrando
su disconformidad por la minoración de sus sueldos en comparación a los
recibidos por las elaborantas de Cádiz, dan por descubierta la pólvora y
lanzados de cabeza, otra vez más largos que anchos, todos y todas resuelven
haber encontrado la primera de las confrontaciones internas en la lucha
feminista de las cigarreras, destacándolas desde ya ...y así, como activistas avanzadas
a su tiempo.
Solo unos pocos ...y sobre todo porque se les rompería el exclusivo discurso defendido, dan un paso más y llegan a los trabajos de investigación del que fuera considerado un gran especialista en esto de la historia del tabaco. José Manuel Rodríguez Gordillo, fue profesor universitario de Historia Moderna y director del archivo histórico de la Fábrica de Tabacos de Sevilla y él ...y otros, sobre esta cuestión de la reclamación de 1731, convienen que de lo aquellos hombres protestaban era de verse empobrecidos en sus jornales al ser equiparados a los de las elaborantas puesto que, añadido a la bajada de jornal, las horas que pudieran dedicarle a la producción de cigarros era menor ya que ellos también se ocupaban de otros muchos trabajos y preparativos. Eso sin hablar de sus rudas manos y de sus poco donosas maneras en la elaboración, lo que hacía menguar su producción.
La incorporación de la mujer a la
fabricación de tabaco de fuma supuso el que se minoraran todos los jornales
hasta quedar rebajados a los de ellas. La Renta, muy astuta y ladina, alcanzaba
mayores producciones con menos costes salariales. Había más operarias, sí, pero
su coste salarial compensaba a la baja. No invertían ni un real en las
herramientas personales puesto que se las debían de agenciar ellas. De sus
jornales salieron las aportaciones a las Hermandades de Socorro impuestas desde
1817 por la Renta, y de la formación de las siguientes cigarreras se encargaban
ellas mismas con la sola recompensa de que se priorizara el ingreso de sus
hijas. Y hablando de la formación, las aprendizas detraían 1/3 de sus propios
jornales para compensar a las cigarreras expertas, o a las maestras, que las
supervisaban. Así pues, la Renta, en cuestiones salariales, el beneficio se lo
llevaba bastante “muerto”.
Algunos años más tarde, en 1807, analizando lo contenido en el “Expediente sobre la mejora de la labor de cigarros en Sevilla” redactado por el superintendente de la Renta, José Espinosa, atendiendo al pensamiento social de la época, decía este hombre que responder a porqué los jornales de los hombres eran superiores, era sencillo: de ellos, de su condición de cabeza de familia, depende toda una prole que incluye además a sus ascendientes y a otros parientes cercanos. Que de ellos, inclusive, depende el aumento de la población puesto que las mujeres, sabiendo que al casarse serán despedidas, aspiran más a mantenerse solteras... tal vez con una vida inmoral y hasta relajada. El salario femenino es más bajo porque se entiende como complemento para los ingresos de una casa o suficiente para el mantenimiento personal de la trabajadora.
Y a una segunda pregunta sobre por qué desestimar el que hombres y mujeres compartan espacios de trabajo, la respuesta se dirimía con cuestiones de controles de acceso y de salida, los rigurosos registros íntimos para ellas que necesariamente habrían de realizar porteras y no porteros, y a los posibles desórdenes inseparables a la reunión de sexos que hasta podrían derivar en la disoluta moralidad antes señalada.
Pese a estos
análisis y a la posibilidad añadida de que las cerca de 800 familias sevillanas
que entonces recibían jornales de la Real Fábrica de Sevilla pudieran acabar en
la miseria y que arrastraran consigo al comercio y a la economía de la ciudad,
llegados a 1812, la Renta del Tabaco inclinó la balanza a favor de la mujer
cigarrera y su presencia en las fábricas se multiplicó exponencialmente. En
Alicante, en 1844 eran 3.000, en 1874 aumentó la cifra hasta 4.500 y el techo
máximo se alcanzó en 1882 con 6.200 operarias. La evolución en otras
dependencias fue bastante similar.
Y su enemigo más letal no acabó siendo el cigarrero, fue la mecanización. Con la irrupción de los procesos industriales altamente mecanizados y cada vez más capaces de aumentar la ratio de producción por hora de trabajo, la presencia de la cigarrera fue minorando con pasmosa velocidad.
En resumen, la tan traída y llevada
pugna entre hombres y mujeres como fuerza laboral dentro de la industria del
tabaco, fue impuesta por las modas del consumo y por la rentabilidad que los
gestores de la misma esperaban obtener. Querer ver más, en mi opinión, sólo son
ganas de polemizar.
Fuentes consultadas y documentación:
- Wikipedia: a la voz de “cigarrera”
- Hemeroteca Virtual de la Prensa Histórica
- Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España
- ALMA MATER HISPALENSE – Blog de Alfonso Pozo Ruíz, Universidad de Sevilla
- Archivo Histórico Provincial de Sevilla







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