sábado, 3 de octubre de 2026

0-53 María Polo... contra Goliat

 

En aplicación de la Ley 30 de enero de 1900...


        De siempre, hacer referencia a «lo de David contra Goliat» se ha usado para describir un conflicto o disyuntiva en los que las partes implicadas son de muy desigual condición y donde el más débil parece no tener oportunidad alguna frente al poderoso.

        Para la crónica que hoy nos ocupa, el joven David pasará a llamarse María Polo Pastor y el todopoderoso será el monopolio estatal del tabaco, representado en su gerencia por la Compañía Arrendataria de Tabacos. El escenario será el Alicante de 1901 a 1902.

        María era una avezada cigarrera alicantina con cuarenta y tres años de antigüedad en el oficio... lo que la situaba en aquellas fechas entre los cincuenta y los sesenta años de edad. Tuvo la mala fortuna de sufrir un accidente durante su jornada laboral y se aventuró a plantar cara a la tabacalera.

 


Grabado de la Crónica de Viravens, año 1876. Al fondo puede apreciarse la que fuera la puerta de acceso a la Fábrica de Tabacos hasta su última transformación en los años 50, década en la que Tabacalera S.A. alcanzó la total propiedad del edificio. 


        Y se aventuró porque la recién estrenada Ley de 30 de enero de 1900, sobre accidentes de trabajo, todavía andaba aplicándose con resultado dispar para los intereses y derechos de los trabajadores por cuenta ajena. El principal beneficiario de la ley era el obrero u operario manual, a quien se le reconocía el derecho a ser indemnizado por su patrono por las lesiones corporales sufridas a causa o como consecuencia del trabajo realizado. Su ámbito de aplicación se ceñía a las industrias, minas, obras o transportes; los trabajos de carácter intelectual, el servicio doméstico y el trabajo a domicilio seguirían excluidos.

        Anteriormente, al trabajador accidentado se le aplicaba la teoría de la culpa, la cual concebía al operario como un individuo autónomo responsable de sus actos y que, por tanto, asumía consecuentemente los riesgos inherentes a su puesto. Al patrono se le presuponía no responsable y, si acaso su culpa era flagrante, disponía de recursos y medios para librarse de la indemnización apelando a la exoneración de su responsabilidad.

        El accidentado solo podía resarcirse mediante la caridad del patrono o la beneficencia, lo que resultaba claramente insuficiente para afrontar su situación incapacitante. La indemnización solo prosperaba si se denunciaba la culpa del empresario basándose en la responsabilidad civil frente a terceros.

        La Ley de 30 de enero de 1900 promovía indemnizaciones por incapacidad en función de distintos grados, tomando como baremo el salario del día del accidente. El empresario se veía obligado, además, a facilitar asistencia médica y farmacéutica al obrero hasta el momento de reincorporarse al trabajo. Para las incapacidades permanentes absolutas que impedían cualquier tipo de labor, la indemnización era de dos años de salario.

 

Grupo de cigarreras posando en el patio central. Fotografía a la que se le presume estar realizada muy a principios del siglo XX. A la derecha pueden observarse una de las escaleras de acceso a la planta primera. No en todo momento el edificio ofrecía una total seguridad a quienes desarrollaban su vida laboral en su interior: en 1854, ante la noticia del levantamiento militar del general O'Donnell, la salida atropellada y masiva de las cigarreras provocó que una de esas galerías se viniera abajo, perdiendo la vida quince de esas mujeres. 

 

        Para la incapacidad permanente orientada a su trabajo habitual, pero no para otro tipo de ocupación, se indemnizaba con 18 meses de salario. Al patrono se le obligaba a buscar un puesto compatible con esa incapacidad y a mantener el mismo tramo de sueldo. En incapacidades temporales inferiores a un año, el accidentado percibía la mitad de su salario diario hasta que se reincorporara a su puesto.

        La defunción también se cubría mediante el pago de los gastos de sepelio (hasta un máximo de 100 pesetas) e indemnizaciones a la familia según su composición, alcanzando a los descendientes legítimos menores de 16 años y a los propios ascendientes. La indemnización oscilaba entre los 12 y los 24 meses de salario según las condiciones. En el caso de las mujeres trabajadoras, pese a que también entraban en estas indemnizaciones, la desigualdad de trato seguía siendo palmaria: solo se indemnizaba a su familia en caso de que fuera viuda o hubiera sido abandonada por su marido.

        Pese a la ausencia de resistencia parlamentaria y a su rápida tramitación y aprobación, la norma no cayó muy bien entre quienes debían cumplirla —las grandes fortunas y la patronal—, por lo que, de manera pertinaz, las indemnizaciones continuaron abonándose únicamente tras las preceptivas denuncias y su resolución por vía judicial.

 

La misma ubicación que la anterior imagen mostrando lo irregular del piso y las escaleras exteriores para acceder a los pisos superiores. También queda constancia de una cierta anarquía en el uso de los espacios y en la disposición de los materiales y otros efectos. Este espacio y en esas tres alturas fue cerrado sobre el año 1975. En la altura intermedia se instaló el Taller 3 de empaquetado blando de Ducados. Hoy, con la cacareada "remodelación" es un espacio de paredes insulsas, ni se han recuperado las galerías, ni los pilares... ni ná de ná. Minimalismo puro y duro expuesto a la inclemente solana con un espartano suelo liso de hormigón. 

 

        El promotor de esta ley fue Eduardo Dato, abogado y político que ejerció varias veces como ministro y presidente del Consejo de Ministros durante la Restauración borbónica. Pese a su fidelidad a la monarquía y a su posicionamiento conservador, su formación en leyes, el respeto estricto al marco legal y su percepción moral hacia la justicia social lo llevaron a convertirse en un enconado y perseverante «reformista». Junto a esta norma, Eduardo Dato impulsó la Ley sobre el trabajo de mujeres y niños de 13 de marzo de 1900. Ambas constituyeron un paso fundamental para la época al dar forma jurídica a la necesidad de establecer mecanismos de protección social pública.

        Como paradoja a su intención reformista, a Dato le llovieron las críticas por todos lados. Desde los sectores conservadores tradicionales y el empresariado, la ley les parecía socialista, revolucionaria y una afrenta directa al liberalismo económico. Les dolía contra natura el intervencionismo protector del Estado. Argumentaban que destruiría la libertad de contratación, encarecería los costes de producción de forma inasumible y que se generaría una oleada de litigios e indisciplina obrera. Finalmente, ante su establecimiento y aplicación, la patronal acabaría promoviendo la constitución de las primeras Mutuas Patronales de Accidentes de Trabajo: entre 1900 y 1922 se fundaron unas 18 entidades aseguradoras, figurando La Previsora como la primera de ellas.

        En sus críticas, los de su propia bancada también le hicieron chanza pública, señalando que, si lo que pretendía Dato era alcanzar notoriedad histórica, podía ir buscando otra vía de promoción, porque jamás lo conseguiría con la Ley de 30 de enero de 1900.

 

Planta baja. Plano redibujado a partir de un original croquizado a mano alzada - año 1930. Se incluye en la publicación de Caridad Valdés Chápuli "La Fábrica de Tabacos de Alicante", 1989 - CAM

 

        Desde el movimiento obrero tampoco se recibió la ley con exultante entusiasmo; la consideraban una maniobra paternalista del Estado para desactivar la revolución social. Estimaban bajas y ridículas las cantidades indemnizatorias y sus efectos protectores, máxime cuando en Alemania y Francia la incapacidad absoluta permanente se resolvía con pensiones vitalicias. Tampoco gustó la exclusión de los trabajos intelectuales, el servicio doméstico y los pequeños comercios.

        Pese a todo, la «Ley Dato» ha sido reconocida históricamente como el pilar fundamental del Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social en España. En ella se habilitaba para la gestión administrativa y el seguimiento de los partes de accidente a los Gobiernos Civiles, las Delegaciones de Policía y las Oficinas Municipales de las localidades que no fueran capital de provincia.

        Explicados escuetamente sus contenidos e intenciones, entre las primeras contiendas por la aplicación de esta ley en Alicante, a María Polo le tocó denunciar a la Compañía Arrendataria de Tabacos por la omisión de sus responsabilidades ante los efectos incapacitantes derivados de su accidente.

        La secuencia que he podido investigar en la prensa histórica local arranca con la publicación en el periódico La Vanguardia del 27 de marzo de 1902, en su sección «Accidentes de Trabajo» (sección que otros diarios locales también abrieron).

      Sobre la situación de María Polo, La Vanguardia se hace eco del envío al Gobierno Civil del informe forense firmado por el doctor Esteban Sánchez Santana. En él se hace constar que la accidentada está en disposición de volver a la vida normal y se confirma que ha sido socorrida según los preceptos de la ley. Sin embargo, por sus lesiones incapacitantes para todo trabajo, se le propone a la Compañía Arrendataria de Tabacos (C.A.T.) la aplicación de lo dispuesto en la norma respecto a una indemnización de dos años de salario.

 

Planta primera. Plano redibujado a partir de un original croquizado a mano alzada - año 1930. Se incluye en la publicación de Caridad Valdés Chápuli "La Fábrica de Tabacos de Alicante", 1989 - CAM

 

        En el seguimiento de la noticia en el mismo periódico (01/05/1902), se da cuenta de la postura de negación de la C.A.T., que no acepta el accidente como consecuencia de la labor desarrollada por la operaria. Se insta a María a demandar a la empresa al amparo de la disposición 2.ª del artículo 4 de la ley.

        El día 5 de ese mismo mes, la representación legal de la C.A.T. se niega a asistir al obligatorio intento de avenencia ante el negociado de Reformas Sociales. El día 13 se da noticia de los tiras y aflojas entre los requerimientos judiciales a la C.A.T. y los recursos con los que esta responde. Los redactores se extienden informando puntualmente sobre otros litigios similares en la industria alicantina y añaden que, al parecer, en la circunscripción de Alicante la magistratura viene mostrando un celo mayor al hacer cumplir lo reglamentado en favor de los obreros.

        El 8 de julio la sentencia se hace pública, condenando a la C.A.T. al abono de 2.190 pesetas a María Polo Pastor en concepto de indemnización por sus lesiones incapacitantes. La C.A.T. se sigue negando a aceptar lo que ya es sentencia firme y recurre al administrador jefe de la fábrica de Alicante para frenar el pago. Venancio Marín Verona, como administrador jefe, aduce no contar con competencias legales para resolver en nombre de los intereses de la empresa.

 

Cuadro directivo de la Fábrica de Tabacos de Alicante sobre la última década del siglo XIX. Como puede observarse en el escaso cuidado por la elección del fondo, para la acumulación de "trastos" y de desechos, todo espacio servía.

 

        La demanda sigue su curso hacia instancias superiores. Es en la Audiencia Territorial de Valencia y a instancias del gobernador civil de Alicante donde se revocan los recursos en los que se escudaba la empresa y se condena al administrador jefe de la Fábrica de Tabacos de Alicante por su responsabilidad frente a terceros en el accidente sufrido por María Polo, el cual le produjo una incapacidad absoluta y permanente para toda clase de trabajo.

        Al señor administrador jefe se le acabó el alegar que no poseía personalidad legal para intervenir en el asunto. La cantidad a abonar se mantiene en 2.190 pesetas. En este momento es La Correspondencia de Alicante (en su edición del 2 de diciembre de 1902) el diario que nos explica estas circunstancias. Además, añade detalles inéditos en el seguimiento de la prensa local: el accidente se produjo el 1 de febrero del mismo año y, según se deduce de lo escrito por el redactor, debió de consistir en una caída por las escaleras de acceso entre plantas mientras María se dirigía a su puesto en el taller de labores comunes.

        El relato cuenta con dos testigos que aportan su testimonio a favor de María: Rita Bataller y Francisca Guijarro. Como maestras de taller, al comprobar las fuertes contusiones que mostraba la operaria y el rictus de dolor que le impedía seguir con sus labores, le ordenaron que se retirara del trabajo. De Rita Bataller sabemos que fue fundadora y presidenta del Club Republicano Femenino de Alicante en 1869 y, por tanto, una infatigable activista obrera y social.

 

Escaleras interiores para acceder a los talleres de la planta superior. A la izquierda el cuadro de chapas numeradas que servía para conocer el personal que se encontraba trabajando en ese momento. La escalera de la derecha ha sobrevivido al paso del tiempo y hoy todavía existe, aunque, maquillada, reacondicionada a la estética moderna y sin su particular personalidad.

 

      También se nombra al abogado que representaba a María Polo y que, seguramente, actuaba de oficio dada la situación de preclara pobreza declarada por la cigarrera. En Antonio Fernández Martos recae gran parte del éxito de la demanda, pues la sentencia sentó jurisprudencia al plantar cara y ganar el pleito a una entidad tan poderosa como la Compañía Arrendataria de Tabacos. Fernández Martos ejercía como comisionado especial de Apremios de Propiedades y Derechos del Estado, bajo la dependencia del delegado de Hacienda de la Provincia de Alicante.

        Pese a todo, la empresa se mantuvo enrocada en su postura de no reconocer la sentencia, y el administrador jefe insistió en su alegato de carecer de personalidad legal para representar a la compañía y, mucho menos, para abonar la indemnización desde sus recursos financieros locales.

        Así continuó la situación hasta que el 18 de febrero de 1903 los diarios La Vanguardia y La Correspondencia Alicantina volvieron a hacerse eco del caso, publicando que María Polo Pastor por fin había recibido 1.503 pesetas con 85 céntimos en concepto de indemnización por su incapacidad derivada del accidente laboral.

 

Detalle extraido de la anterior imagen. Es muy posible que estas escaleras, María Polo Pastor sufriera una caída mientras accedía a su puesto de trabajo. 

 

        A partir de este punto, se le pierde el rastro al caso en la Hemeroteca Virtual de Prensa Histórica. La cantidad abonada parece contemplar solo un año de salario. ¿Qué pudo haber pasado? A falta de datos, solo podemos especular con que, herido en su orgullo por la sentencia favorable a María Polo, el gigante industrial aplastara a la cigarrera con la prepotencia propia de los colosos de la época.

        Después —y continuando con la especulación—, para María llegarían la miseria, el silencio... y la nada. La victoria obtenida en su batalla particular no alcanzó el mismo resultado esperanzador en la cruda guerra que patronos y obreros libraban por una justicia social que en su aplicación se hacía de rogar.

 

 

 Fuentes documentales:

  • Hemeroteca Virtual de la Prensa Histórica
  • Colecciones fotográficas contenidas en la presentación audiovisual realizada por el Grupo Técnico Administrativo de la Fábrica de Tabacos de Alicante en el año 2000
  • Gaceta de Madrid, 29 de Abril de 1900
  • "La primera ley de accidentes de trabajo en España: Ley Dato, origen y principales aportaciones", por Alejadro Vega González - Universidad Miguel Hernández, año 2019

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 24 de septiembre de 2026

0-52 Las cigarreras, la fábrica y el tabaco, año 1904

 

 Alicante, 1904

 

        Más de una vez, ya sea por escrito o en conversación, he señalado que para la prensa alicantina no había día en que no se escribiera algo relacionado con las cigarreras o la Fábrica de Tabacos. Hablo de la prensa histórica: la del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. De un modo u otro, ya fuera por cuestiones laborales y económicas sobre sus jornales, o por asuntos sociales y de la vida cotidiana de Alicante, la prensa local escribía teniéndolas a ambas como protagonistas.

        Y entonces, ¿por qué no probar con una búsqueda y corroborar lo dicho? Si eligiera una palabra para buscar y un tramo entre los resultados ofrecidos… ¿obtendría ese protagonismo anunciado? ¿Tendría noticias de las cigarreras o de la Fábrica suficientes como para escribir una crónica? Comprobarlo no requería más esfuerzo que ponerse manos a la obra.

        Acudiendo a la hemeroteca de la Biblioteca Virtual de la Prensa Histórica, tecleo la palabra «tabacos», elijo como provincia y localidad de búsqueda Alicante y, al momento, aparecen 21.458 resultados, de los que solo podré consultar los primeros diez mil. Frente a mí tengo doscientas páginas en las que indagar y elijo empezar desde la última de ellas: la doscientos. 1904 es el año, y mediados de diciembre, la última de las fechas en las referencias incluidas en esa página.

 

Cigarrera fumando - Sevilla 1880. Sin autor reconocido. Restauración fotográfica mediante IA.La imagen recoge el extendido tipo social ligado a la cigarrera como mujer de carácter y muy independiente, ya que dispone de ingresos propios.

 

        Al llegar a la página 194 ya he cubierto el último trimestre de 1904. Este es el resultado de la búsqueda: la triste noticia del asesinato de una cigarrera a manos de su marido, el curioso caso de la viuda del periodista Sr. Valero, la problemática constante con el servicio del tranvía de los belgas y el apunte sobre la incorporación de los trabajadores de la Fábrica de Tabacos a la organización obrera La Fabril.

        La Fabril se anunciaba con sede en el Centro de Sociedades Obreras (en la Avda. de Zorrilla, núm. 2) y aglutinaba a los obreros de las fábricas del petróleo, gas, conservas, esparto, fideos y chocolates. La prensa también escribió sobre un intento de robo de tabaco y sobre la nada graciosa, pero desprendida, bofetada «porque sí» de un borracho a una cigarrera.

        —María Planelles se llamaba. Tenía treinta años de edad y rasgos de haber disfrutado de una esplendorosa belleza. Así presentaba la prensa a la desgraciada cigarrera que había resultado muerta por los disparos del que era su marido. Transcurría el 9 de diciembre cuando, en sus páginas, la prensa alicantina le dedicó detalladas galeradas a este luctuoso parricidio.

        Para ese mismo día, los redactores de sucesos tuvieron trabajo acumulado: una disputa entre dos hombres que acabó con uno de ellos herido muy grave por bala (se temía por su vida) y el intento de suicidio que dejó sangrantes cortes de navaja en el cuello de un pobre desesperado que ya no podía más con el peso y la desgracia de una larga enfermedad. De estos dos sucesos se dieron detalles suficientes para explicarlos, pero nada más. Del asesinato de la desdichada María, en cambio, los alicantinos próximos a la zona, movidos por el morbo y el chismorreo, abarrotaron las calles y accesos, e incluso hicieron circular sus propias versiones.

 

Recreación gráfica del femenicidio al uso de las revistas de sucesos de la época. En este caso, he partido de un grabado publicado en la revista Las Ocurrencias, sobre un caso muy similar ocurrido en julio de 1911

 

        María estaba casada con Vicente Soler… el Compare Velo, ebanista y santjoaner de origen, quince años mayor que ella y que, por su vinculación al mundo de la delincuencia y por un robo, había pasado doce años en prisión. Llevaba ya un año en libertad y en ese tiempo no había cejado en su empeño de volver a convivir con María; la abordaba cuantas veces podía y la perseguía y acosaba por toda la ciudad. María lo rechazaba de plano, máxime cuando lo hacía responsable de la muerte de su única hija, dadas las múltiples penalidades y disgustos que habían sufrido.

        Como medida de seguridad, María hacía acompañada el recorrido hasta la Fábrica. A veces, incluso, solicitaba que la escoltara algún guardia urbano de la zona o el propio alcalde del barrio de San Antón. Ese día 9, desde el domicilio que compartía con sus cuñados en la calle Castaños —un matrimonio compuesto por un hermano del Velo y una prima carnal suya—, salió acompañada por una amiga. En las cercanías de la Fábrica, en la calle Empecinado, su marido hizo acto de presencia con sus consabidas amenazas y acoso. Temiendo la desgracia que se avecinaba, ambas mujeres corrieron aterradas buscando amparo allá donde las llevó su angustiada carrera. La amiga se refugió en la Escuela Modelo, pero María no tuvo la suerte de salvar la vida.

        Buscó refugio en el portal de la vivienda de una compañera cigarrera. Fue inútil: el Velo, tras maltratarla, sacó de su chaqueta un revólver del 15 y le disparó directa y certeramente al corazón. Después se suicidaría disparándose en la sien. Acción baldía, pues nunca alcanza a devolverles la vida a las asesinadas.

 

Grupo de cigarreras acudiendo al trabajo en la Fábrica de Tabacos de Sevilla, 1905

 

        —El caso de la viuda del periodista Sr. Valero fue un asunto que viene a corroborar aquello que también vengo señalando desde las primeras crónicas del blog: un empleo de cigarrera, más que ser objeto de una relación contractual de trabajo con pago por el mismo, era un acto de beneficencia. Ofrecerle un puesto de trabajo de cigarrera a una pobre desdichada era una obra de caridad… y dando gracias, además.

        De este modo, Rosario Vera, esposa de Federico Valero Arrach y madre de sus cuatro hijos, vio primero cómo se agotaba la poca fortuna familiar al enfermar este (al parecer, de una afección pulmonar que acabó siendo mortal). Después, su angustia se incrementó al no alcanzarle ni para lo mínimo con la ayuda económica que le procuraron los colegas de su marido: un auxilio a todas luces insuficiente dada la gravedad de la enfermedad y los altos desembolsos que requirieron los tratamientos médicos y farmacéuticos a los que se sometió en pos de recuperar la salud.

        Federico Valero empezó desde lo más bajo en el oficio de la prensa. Alcanzó la dirección de los periódicos La Vanguardia y El Pueblo, y como redactor jefe y plumilla se ganó el respeto de todos los diarios alicantinos. Comprometido con las ideas progresistas y liberales, era estimado por todos, fueran afines o ajenos a sus postulados.

        La cuestión estuvo en que, al enviudar Rosario, la Asociación de la Prensa de Alicante —que ya había impulsado campañas de recaudación popular para aliviar el quebranto económico de la familia— nombró tras el fallecimiento de su colega una comisión para que acudiera a entrevistarse con el administrador jefe de la Fábrica de Tabacos. Llevaban en mente solicitar —casi exigir— que le fuera concedida a la desgraciada viuda la posibilidad de trasladarse a un taller mejor y, asimismo, el ascenso de categoría.

        Por cómo se da a entender en la redacción de los distintos artículos, Rosario Vera ya era cigarrera. Al fallecer su marido, depender ella y sus cuatro hijos de los escasos jornales que ganaba como operaria de la Fábrica no le bastaba para una vida digna. Las aportaciones por cuestación popular que había recibido durante la enfermedad solo fueron un pequeño balón de oxígeno que, una vez agotado, la enfrentó a una dura y apremiante realidad.

 


 

        La Asociación de la Prensa de Alicante se tomó aquello muy en serio e instaba al administrador jefe, Sr. Martín Verona, para que trasladase a la viuda a un taller de labores selectas y la promocionase a una categoría profesional con mayores ingresos. Lo más probable es que presionaran para que la nombraran Maestra de Taller y así pudiera alcanzar la condición de empleada en nómina de la Renta del Tabaco, dejando de depender de los jornales al destajo diario.

        Sumado a la solicitud, pretendían ejercer una férrea supervisión para comprobar que así fuera. Una paradoja más sería que uno de los miembros de aquella insistente ejecutiva de la Asociación de la Prensa, Tomás Tato Ortega, dirigió tiempo después la Fábrica entre los años 1923 y 1934. La pista y la posible resolución inmediata de la petición para la viuda del Sr. Valero se pierden tras las últimas notas de prensa publicadas en diciembre de 1904.

 

        —En aquel último trimestre de 1904, el tranvía de la huerta acaparó unas cuantas notas de prensa en las que las cigarreras eran parte importante de las denuncias por el deficiente servicio que ofrecía la línea. Pura indecencia derrocharon los promotores de su instalación cuando, a bombo y platillo, anunciaban que su objetivo más elevado era procurarles una vida mejor a las cigarreras poniendo a su servicio tan moderno medio de transporte. Ya no tendrían que darse las interminables caminatas desde Muchamiel ni perder tantas horas molestas e improductivas en esos desplazamientos.

 

Tranvía de mulas de la línea Alicante a Muchamiel. Fotografía de Ramón Vidal Irles, de las colecciones fotográficas del Archivo Municipal de Alicante

 

        Hicieron sonar flautas, tambores y címbalos para anunciar también que a las cigarreras y a los obreros portuarios se les aplicarían bonificaciones en los viajes de ida y vuelta diarios con billetes de tarifa especial. Todavía hoy hay quienes sostienen que la construcción de la línea del tranvía de la huerta se dedicó a las cigarreras. Nada más lejos de la realidad: quien invierte dinero en un negocio no lo hace precisamente para regalarlo, y en este caso el negocio era seguro, ya que se disponía de una ingente población necesitada de una mejor comunicación entre los pueblos y la «capital». Si bien el servicio se cumplía en parte, no por ello dejaba de ser discutido y controvertido.

        Y lo era porque aquel servicio fallaba más que una escopeta de mistos en el aspecto técnico: cuando no eran descarrilamientos, eran máquinas de vapor que se paraban sin más o, en sus inicios, tiro de animales insuficientes y mal alimentados. Pero en lo que a esta crónica interesa, la indecencia residía en la nula regularidad de los horarios y en la masificación que ello provocaba, más aún en determinadas horas punta.

        Residía también en la escasísima comodidad de unas plataformas —las jardineras— en las que en verano te asabas de calor y en invierno te congelabas, al ir siempre expuesto a las inclemencias del tiempo. Las jardineras eran plataformas con techo, pero totalmente abiertas, que solo protegían del sol y del frío con unas sencillas lonas; eso cuando no tocaba terminar el trayecto a pie.

        Los excesos en la masificación también ofrecían penosos espectáculos de malos tratos a las mulas que, «a sangre», tiraban de aquellos tranvías en las pendientes a base de fustigazos. Y lo más injusto, porque ya era una cuestión monetaria que abría agujeros en las economías de las cigarreras, eran los no pocos jornales y reales perdidos en el destajo por culpa de los retrasos.

        Por si fuera poco, en caso de verse obligadas a hacer noche en Alicante porque el servicio de tranvías dejaba de funcionar, los billetes no se canjeaban para el siguiente trayecto y se perdía la bonificación del billete de ida y vuelta en la misma jornada. Obligadas a quedarse en Alicante por la falta de transporte, la pernocta corría de su bolsillo y sus familias y hogares quedaban desatendidos.

 

Tranvía de mulas con la típica "jardinera". Línea de Alicante a Muchamiel, a su paso por la Santa Faz. Fotografía de Cirpiano de Frías Peraza, 1910; de las colecciones fotográficas del Archivo Municipal de Alicante

 

        Así pues, la prensa, dando voz a las críticas y disputas constantes de las cigarreras, un día sí y otro también, ponía en la picota el servicio prestado por el tranvía de «los belgas», bautizado así para ahorrar la transcripción completa de su denominación: «Compañía General de Tranvías y Ferrocarriles Vecinales de España», con sede mercantil en Bruselas. El tranvía de «los belgas» cerraba el año 1904 a pie cambiado en cuanto a la calidad y fiabilidad de su servicio.

 

        —Sigue la prensa alicantina ofreciéndonos en sus páginas datos tan interesantes como el referido a la incorporación de los operarios de la Fábrica de Tabacos a la asociación obrera La Fabril. Esta asociación estaba domiciliada en el Centro de Sociedades Obreras y englobaba a los operarios de las dos fábricas del petróleo, las de tabacos, gas, conservas, esparto, fideos y chocolates. La reseña habla de todos los obreros que trabajaban en las fábricas de Alicante.

        Poca cosa más se ha podido recoger sobre este anuncio, y es una lástima: de entenderse que el concepto «los operarios/obreros de las fábricas de Alicante» incluía a las mujeres trabajadoras, estaríamos ante una primicia sobre la tan traída y llevada noticia de la primera incorporación de las cigarreras a la reivindicación sindical a través de La Feminista, en 1910.

        En marzo de 1905, La Fabril solicitaría su ingreso en la federación local de sindicatos de la Unión General de Trabajadores y, en octubre de ese mismo año, la prensa anunciaría que en el Gobierno Civil se habían registrado unos nuevos estatutos y un reglamento reformado para La Fabril.

 

        —Y finalmente, entre diciembre de 1904 y los primeros días de enero de 1905, la prensa habló de un intento frustrado de robo de tabaco en rama. Al parecer, la jefatura del servicio del resguardo (cuerpo dedicado a la lucha contra el contrabando) había recibido información sobre las intenciones de un robo en ciernes.

        Personados en la Fábrica y en colaboración con la dirección, dos agentes del resguardo iniciaron un registro por los tejados que resultó positivo: entre el terrado de la carpintería y el de la iglesia de la Misericordia —entonces instalada en la propia fábrica— se encontraron ocho grandes sacos llenos de tabaco, cuyo peso se estimó en unos 400 kilos de hoja.

        En la explicación del suceso se suponía la complicidad interna: alguien desde dentro de la fábrica habría depositado el tabaco en los tejados a la espera de que, durante la noche del domingo, gente externa escalara los muros para consumar la sustracción.

 

 

Tranvía de la huerta... con locomotora a vapor, cruzando por Santa Faz. De la colección de Francisco Sánchez, 1908. Archivo Municipal de Alicante

 

        —Se dio noticia también de la renuncia por enfermedad a los puestos de vigilante nocturno por parte de José Ortiz, y de portero segundo por Francisco Pomata, quien desafortunadamente fallecería en fechas muy próximas a su cese.

 

        —Y con la ostentosa generosidad de los parabienes deseados para el Año Nuevo, el día 17 de enero de 1905, un alegre ciudadano, visiblemente afectado por el alcohol ingerido, sin ton ni son y a la salida del turno de las bulliciosas cigarreras, le propinó una sonora bofetada a la primera que se le cruzó por delante.

        Ana Galindo se llamaba la desafortunada receptora; por Antonio Jerez García respondía el envalentonado borracho, y Raimundo Cayán fue el guardia municipal que detuvo y condujo al calabozo a semejante merluzo.

 

 

Fuentes documentales:

  • Hemeroteca Virtual de la Prensa Histórica
  • Colecciones fotográficas del Archivo Municipal de Alicante
  • Fondos gráficos propios