lunes, 16 de febrero de 2026

0-46 Reales anécdotas de regios fumadores

 

            En realidad, pese al uso de la forma plural en el encabezamiento, en esto de las curiosidades de nuestros fumadores regios, no van a ser tantos los retratados. Ya saben... aquello de que no estarán todos los que son, y no serán todos los que están. En general se trataría de los Borbones del suelo patrio y en concreto, Fernando VII, Alfonso XIII y Juan Carlos I.

            Localizando documentación para los contenidos de las dos anteriores crónicas referidas a la figura del “cigarrero”, la revista Estampa de fecha 18 de julio de 1931 me lo puso tan fácil como dicen los viejos que se las ponían... las bolas, a Fernando VII. No me sean malpensados que según los cronistas se trataba de las bolas del billar, juego al que sus acólitos y come babas, se dejaban ganar descaradamente por el monarca.

            Durante un tiempo, a Estampa le dio por hacer pseudo periodismo de investigación y no fueron pocos los reportajes en los que sus redactores y redactoras se infiltraban entre mendigos, delincuentes y otras gentes de dudosa catadura, para tomar protagonistas apuntes desde lo más próximo al problema social que trataban. También abordaron cuestiones mucho más alegres y lúdicas como la vida tras las bambalinas de las chicas del conjunto de baile, las “girls”, que todo teatro de varietés que se preciara, tenía en nómina. Muchos años después, en el soporte televisivo, hagan memoria, sería Samatha Villar la que recuperaría la idea en aquel su programa “21 días sin...” comer, viviendo como una indigente, fumando porros, etc.

 

Revista Estampa - 18 de julio de 1931

 

            La cuestión es que, a la dirección de Estampa, con el exilio de Alfonso XIII tras los resultados de las elecciones municipales del 12 de abril de ese año 1931, le dio por confrontar un antes y un después en cuestiones relacionadas con la monarquía ya desterrada. Se entrevistaban ciudadanos, se ilustraban situaciones y en no pocas ocasiones, el/la reportero/a acaba haciendo una pregunta algo comprometedora. En nuestra curiosidad tabaquera, la pregunta se planteó en las conclusiones del cierre del reportaje: 

 

—«Debería usted ofrecer una de las cajas que le quedan al primer presidente de la República ¿No le parece?

Leopoldo Valcárcel no contesta.»

 

Pasando ya de la presentación velada que lógicamente pretende atrapar en la curiosidad, el reportero Rienzi (1), entrevistó para Estampa al joven madrileño Leopoldo Valcárcel que como oficio tenía, y por ello era popularmente conocido, ser el cigarrero de don Alfonso, el monarca ahora exiliado según sus próximos, o desterrado según sus opositores.

Como puede observarse en la fotografía e interviú que le realizaron, Valcárcel mostraba aires de dandy, vestía impecable, acudía regularmente a los estrenos de espectáculos y bailes de tronío y conducía un espectacular y llamativo automóvil modelo torpedo de color verde. Por lo visto, lo de hacerle los cigarrillos a don Alfonso, redundaba liquidez.

Según sus propias palabras, el oficio y la ocupación las había heredado de su propio padre que fue quien le preparó sus primeros cigarrillos siendo solo el futuro monarca. Era un imberbe adolescente de trece años cuando empezó a fumar cigarrillos en la intimidad; oficialmente y en público, su primer cigarro lo fumó cumpliendo los diecisiete años. Al parecer, Valcárcel estudiaba para ingeniero y ante la desgracia de la repentina muerte de su padre, frente a quedar familiarmente en situación de desamparo y pobreza, colgó los libros y se dedicó a esto ...hasta la salida “voluntaria” de tan regia figura.

Su trabajo, al igual que lo hiciera su padre, lo realizaba en palacio, en las dependencias de guardarropía de don Alfonso. Allí tenía habilitado un espacio en el que trabajaba junto a tres oficialas cigarreras. Acudían dos veces a la semana, cumplían una jornada de seis horas y fabricaban del orden de dos mil cigarrillos por jornada.

 

Revista Estampa - 18 de julio de 1931

 

Ante el dato, Rienzi mostró sorpresa y confesó dudas por partes iguales: ¿4.000 cigarrillos semanales se fumaba este hombre? Añadiendo a sus tres hijos varones, los números, apostillaba Valcárcel, llegaban a unos 7.500 cigarrillos al mes consumidos personalmente por aquella tropilla de cuatro. Toda la producción alcanzaba el monto de ochocientas setenta y cinco pesetas. Pero queda claro que los números efectivos, a esos datos de producción dados por Valcárcel, no cuadraban. El amparo y justificación a tan descomunal desajuste lo tenía la “cajita de plata”.

En realidad, la cajita era una caja purera de plata que llevaba siempre detrás -es de suponer que la llevaría un ayudante personal- cuando acudía a actos oficiales y públicos. Contenía cigarrillos largos, cortos, ingleses y cigarros puros. De ahí reponía constantemente en dos pitilleras que ofrecía a sus contertulios para que le acompañaran en el fumeteo. Lo malo es que había tantos palatinos, aristócratas, ministros y otras faunas fumando de “gorra”, que aquello era una pequeña gran ruina. Aquellos “galgos” fumaban de la mejor calidad sin pagar un real. Llegó un momento en el que se decidió que el tabaco elaborado para ofrecer, fuera de inferior calidad y costo.

El tabaco, la hoja y hebra que se utilizaba, llegaba directamente del ingenio tabaquero Hoyo de Monterrey, propiedad de José Gener Batet, tarraconense que emigrara a Cuba y que hizo fortuna con el tabaco. Y justo en este detalle es donde podemos encontrar la gran paradoja. La Renta del Tabaco, desde su implementación como fuente de negocio e ingresos para la corona española, fue instalando fábricas manufactureras del tabaco hasta alcanzar 13 dependencias a todo lo largo del suelo nacional. Algunas más fueron puesto que se formalizaban contratos privados en duración temporal para la fabricación de cigarrillos especiales, ejemplo de ello, la Fábrica de Tabacos de José Valor Llorca, en Alcoy.

 

Diario ABC - Alfonso XIII presidiendo el paso de palio de la cigarrera Virgen de la Victoria, en la noche del Jueves Santo de 1930

 

Y si dadas la tradición cigarrera patria, la fama de las cigarreras patrias, la calidad de las labores locales, el que todos los monarcas recibieran atenciones especiales de las cigarreras en sus visitas a las fábricas, el que Alfonso XIII hubiera sido nombrado Hermano Mayor Efectivo de la Real Hermandad de la Sagrada Columna y Azotes de Ntro. Señor Jesucristo y María Stma. de la Victoria... la famosísima Hermandad de las Cigarreras sevillanas ¿cómo era que no se proveyera personalmente de las labores y fábricas que, además, eran de su control fiscal? Inclúyase inclusive, un señalamiento puntual de ello para la fábrica y cigarreras de Madrid que las tenía a un tiro de piedra.

Pues, como en la pregunta formulada por Rienzi a Leopoldo Valcárcel, no encontraríamos respuesta salvo que volvamos la mirada hacia quien fuera su bisabuelo, Fernando VII. Al menos, como referencia. En 1830, Richard Ford, un ciudadano inglés que se consagrará después como dibujante y pintor paisajista, llegó a Sevilla buscando una mejor climatología para la quebrantada salud de su esposa y durante tres años se dedicó a recorrer nuestro país obteniendo del orden de más de quinientos bocetos. También fue tomando apuntes de cuanto acontecía a su alrededor, bien se tratara de cuestiones políticas o sociales. De este modo, posteriormente, regresado a su añorada Inglaterra, fue escribiendo diversas obras que hablaban de España y de los españoles. En 1846, con contenidos resumidos de todo lo que escribiera antes, publicó “Las cosas de España”.

 

Fernando VII - 1832  

Retrato realizado por Vicente López Portaña - Colección Banco de España


 

En lo que nos atañe, sobre el tabaco, en el último capítulo, el XXIV, escribe detalles muy interesantes:


                «En España, la dinastía Borbón (como en otras partes) es la estanquera general hereditaria y el privilegio de venta se arrienda generalmente a algún contratista; así es que la ganga de tener un buen cigarro casero es difícil de conseguir, ni por amor ni por dinero, en la Península. Más fácil le sería a Diógenes encontrar un hombre honrado en cualquiera de los ministerios. Como no hay camino real para la ciencia de hacer los cigarros, el artículo está mal elaborado, con malos materiales, y, para colmo de desdichas, se vende a precios exorbitantes».

«Con objeto de beneficiar a la isla de Cuba, está prohibido en la Península el cultivo del tabaco, que se da muy bien, sobre todo en la provincia de Málaga; pues el experimento se hizo y habiendo salido perfectamente, el cultivo fue prohibido inmediatamente».

«Fernando VII, a diferencia de su antecesor, Luís XIV, “quien –dice La Beaumelle– odiaba singularmente el tabaco, aunque era una de sus mejores fuentes de ingresos”, no sólo era un gran productor, sino también consumidor. Se permitía el real derroche de fumar unos enormes cigarros hechos expresamente en La Habana para su gracioso uso, pues era demasiado perito en la materia para fumarlos de su propia manufactura. Y aun de éstos rara vez se fumaba más de la mitad, abandonándolos allá donde le pareciera o dándolos a acabar a quien estuviera cerca».

 

También, dice Ford, que usaba el ofrecimiento de un cigarro habano tanto para agasajar como para mostrar al infeliz receptor que le era conveniente desaparecer de su vista. No pocas de estas víctimas, al llegar a sus hogares, recibían la visita del pertinente alguacil que le conminaba a salir de Madrid en el plazo de veinticuatro horas. ¡Humo!

Puestos a mostrar poderío, prepotencia y derroche, ya Fernando VII fumaba de la producción colonial y no, de la del suelo patrio. A la postre, fumaba de lo que le pertenecía. Hacia el otro lado de la línea del tiempo, Juan Carlos I, ya vivió su condición de ávido fumador de cigarros puros saliéndole el capricho poco menos que de “gentil gañote”.

 

Imagen de GTRES

 

Perdidas políticamente las antaño posesiones en la América hispana, pero necesitadas éstas de relaciones comerciales y de gratuita publicidad para sus productos de alta gama y selección, las sobresalientes tabaqueras cubanas y dominicanas, sobre todo, se dedicaban a ofrecer regaladamente sus mejores vitolas a las casas reales y a personajes políticos de cierta relevancia. La tradición no era nueva pues ya venía dada desde los tiempos del tabaco en polvo. Se consideró siempre como una fructífera inversión en “tabaco de regalía” y, en el caso de Juan Carlos I, los estupendos Cohibas, Rey de Reyes, Coronas o Majestic, los solía recibir en Navidad y el día de San Juan.

Con la monarquía campechana de Juan Carlos I, el privilegio de fumar cuando ya la cosa no estaba bien vista socialmente, se lo tomaba él solo. En más de una ocasión, no atreviéndose nadie de los presentes en contravenirle el gustazo de fumarse un cigarro puro en lugares públicos, se dio a ello pese a las ya implementadas prohibiciones anti tabaco. Solo en 2010 y tras una muy severa prescripción médica al serle detectado un nódulo en el pulmón derecho, dejó de encender cigarros puros y cigarrillos rubios americanos. La batalla que no consiguió vencer la reina Sofía, la pudo la prescripción médica.

 

Don Juan Carlos, fumando junto a Doña Sofía, años 60 - GTRES

 

Como indicaba al comenzar la crónica, ésta se centraría en anécdotas referidas a solo tres miembros de los Borbones, pero nombrada la reina Sofía por la insufrible pelea de que su esposo dejara vicios ...y que cada cual elucubre lo que bien considere, retornando al abuelo de su darling, Alfonso XIII también tuvo lo suyo con su esposa, la reina Victoria Eugenia, pero al revés ...al menos en lo de fumar.

 

Alfonso XIII junto a su esposa la princesa Victoria Eugenia de Battenberg - Getty Images

 

Ésta, inglesa y Battenberg de cuna, tenía una gran afición al tabaco, lo que desagradaba y contrariaba enormemente a su esposo, quien curiosamente era un fumador contumaz. Al parecer, este hábito en ella, ponía de los nervios a don Alfonso. Repetidas veces la reprendió por fumar en público porque, según él, no estaba bien visto que una dama española de la alta alcurnia revelara su vicio a la vista de todo el mundo. Curiosa la hipocresía que siempre se han gastado los Borbones con lo de los vicios ...sobre todo, ajenos.

Poco caso le hizo Victoria Eugenia que, como buen súbdito inglés, chocaba frontalmente con las expresiones del decimonónico costumbrismo español. Ahíta como mujer y con retadora altivez, en el momento salir de Madrid en dirección al exilio, le fue tomada una fotografía histórica. Sentada en una roca de la serranía de Galapagar, recibió la despedida de unos pocos simpatizantes monárquicos. En el breve encuentro y su charla con el pequeño grupo, templó sus posibles miedos fumándose un cigarrillo. Flema británica, que suele decirse. 

 

Diario ABC - 14 de abril de 1931

 

 Y hasta aquí, las curiosidades de las reales anécdotas de unos pocos de nuestros regios fumadores.

 

 

  (1)  Rienzi: Manuel Gómez Domingo, que también fue reportero deportivo y uno de los padres de lo que es la Vuelta Ciclista a España. Padre del periodista Rafael Gómez Redondo, que usó el mismo sobrenombre que su progenitor y que dirigió el diario deportivo AS entre 1981 y 1993.

 

 

 Fondos consultados y documentación:

 Revista Estampa, 18 de julio de 1931

“Gatherings from Spain” – “Las cosas de España”, de Richard Ford – 1846